Cuando bajan los niños y sube la IA: una oportunidad para la universidad chilena
- agosto 10, 2026
- Posted by: admin
- Categoría: Columna, FUTURO DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR
Columnas Aequalis # 30. Agosto 2026
Jaime Vatter,
Vicerrector Académico,
Universidad de Las Américas.
Osvaldo Artaza,
Decano Facultad de Salud y Ciencias Sociales,
Universidad de Las Américas.
Chile envejece más rápido de lo que imaginamos. La Tasa Global de Fecundidad cayó a 0,99 hijos por mujer en 2025, por primera vez por debajo del umbral de 1 hijo. Los nacimientos bajaron de 275.916 en 1993 a 146.300 en 2025, casi un 47% menos en tres décadas.
Este dato traducido a las aulas y si la tendencia se mantiene, significaría que los nuevos matriculados en el sistema universitario podrían caer de unos 160.000 en la actualidad a cerca de 100.000 en 2043. No es un ciclo pasajero: son niños y niñas que ya nacieron, o no nacieron, y esa cuenta no se revierte.
A esta contracción demográfica se suma otra transformación, aún más veloz: la inteligencia artificial ya redefine qué significa saber, enseñar y certificar el conocimiento. Ambos fenómenos suelen leerse como amenazas al modelo universitario tradicional, centrado en el pregrado presencial de jóvenes recién egresados de la Enseñanza Media.
Durante décadas la universidad chilena creció apostando casi todo a una sola puerta de entrada: el joven de 18 años que rinde la PAES. Esa puerta se angosta, pero es una oportunidad para volver a lo esencial. La misión universitaria siempre fue más amplia: formar personas a lo largo de la vida, generar conocimiento riguroso y, sobre todo, ofrecer un espacio de pensamiento colectivo, plural y respetuoso sobre los grandes dilemas humanos y las acuciantes necesidades de las comunidades.
Si la natalidad obliga a diversificar hacia la educación continua, el posgrado y la formación de adultos que retoman estudios, y la IA obliga a enseñar a pensar más que a memorizar, ambas fuerzas empujan en la misma dirección: una universidad menos encerrada en sí misma, más porosa, que dialogue de igual a igual con la sociedad, el mundo técnico-profesional, el Estado, la empresa y las comunidades territoriales.
Eso exige derribar muros: entre el pregrado y el posgrado, entre disciplinas, entre la academia y quienes no pisan un campus, pero enfrentan a diario los dilemas que ella estudia. Horizontalizar el diálogo, no para renunciar al rigor, sino para que ese rigor sirva a la vida cotidiana de las personas.
La baja natalidad y la IA no decretan el fin de la universidad chilena. Bien leídas, son la invitación más clara que hemos tenido para que vuelva a ser lo que siempre debió ser: un lugar donde la sociedad piensa junta en su bienestar futuro.