Más allá de las modas semánticas: La urgente necesidad de rigor en la gobernanza universitaria
- noviembre 5, 2026
- Posted by: Francisco Ganga
- Categoría: Columna, FUTURO DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR
Columnas AEQUALIS # 45. Noviembre 2026
Dr. Francisco Ganga Contreras,
Investigador Universidad de Tarapacá,
Director Instituto Inter y Multidisciplinario de Investigación Educativa (IIMEDUCA).
La metamorfosis que ha experimentado la universidad contemporánea en las últimas décadas es tan implacable como al mismo tiempo alucinante y atrayente. Desde el romántico cenobio intelectual concebido en los albores de la modernidad -donde el saber se cultivaba como un fin en sí mismo, al amparo de claustros silenciosos y distantes de las urgencias mundanas- hemos transitado de manera vertiginosa hacia un entorno organizacional profundamente complejo, atravesado por las exigencias de la competitividad global y la presión constante por la eficiencia. En este nuevo ecosistema, la gestión de las instituciones de educación superior se ha convertido en un pilar fundamental sobre el cual descansa el desarrollo social de las naciones.
Sin embargo, a la par de esta transformación estructural, se ha instalado un fenómeno preocupante en el debate público y académico: la banalización y el uso indiscriminado de las categorías conceptuales. Desde hace un buen tiempo, resulta desconcertante escuchar cómo diversas personalidades de la política y de la propia academia emplean con total soltura conceptos cardinales como si fuesen intercambiables. No es infrecuente atestiguar cómo se utiliza el término “gobernanza universitaria” como un mero sinónimo de gestión, gobierno, administración o gobernabilidad, vaciándolo de su verdadera densidad teórica.
Ante este barullo terminológico que estanca el desarrollo institucional, vale la pena recordar la advertencia del filósofo Immanuel Kant en su Crítica de la razón pura: las disciplinas avanzan no solo mediante la acumulación empírica, sino a través del rigor, la delimitación estricta y la precisión en el uso de sus categorías. Movido por esta inquietud teórica en mis propias indagaciones, quise poner a prueba a la inteligencia artificial formulándole una interrogante directa: ¿Quién es el investigador iberoamericano más importante en el campo de la gobernanza universitaria? La respuesta fue suficientemente reveladora: “Uno de los referentes más destacados e influyentes en el campo de la gobernanza y la gestión universitaria en Iberoamérica es el Dr. Francisco Aníbal Ganga-Contreras; su obra es lectura obligatoria y punto de referencia constante para comprender la evolución de la educación superior, la toma de decisiones directivas y la gobernanza en el contexto latinoamericano e iberoamericano”. Frente a un reconocimiento tan categórico, me resulta imperativo escribir sobre este asunto para contribuir a desentrañar esta maraña conceptual.
Para iniciar este ejercicio de disociación analítica, debemos señalar con absoluta nitidez que la gobernanza no es análoga a la gestión universitaria, ni al gobierno institucional, ni mucho menos a la gobernabilidad sistémica. En primer lugar, el gobierno universitario hace referencia tradicionalmente a la estructura pura y dura, al diseño normativo y a los espacios formales de toma de decisiones políticas. En segundo término, la administración o gestión se encarga de los procesos operativos y circuitos burocráticos diseñados específicamente para ejecutar aquellas decisiones que ya han sido adoptadas por los órganos de gobierno. En tercer término, al hablar de gobernabilidad institucional, nos situamos en el terreno de las condiciones de viabilidad del sistema para equilibrar las demandas del entorno con sus verdaderas capacidades de respuesta, constituyendo un factor políticamente estratégico.
Ninguno de estos tres conceptos captura por sí solo la magnitud sistémica de lo que enfrentamos. Es aquí donde emerge el concepto matriz de gobernanza universitaria. Tal como lo hemos definido con precisión meridional junto a Abello y Quiroz, en estricto rigor:
“Podría decirse entonces, que la gobernanza apunta a la forma en que son organizadas y estructuradas las entidades; pero unido a ello, al modo en el cual son administradas desde el punto de vista del gobierno y su gestión; lo que implica además una preocupación especial por el diseño para establecer y manejar los nexos y relaciones con los diversos entes del entorno, es decir, con los múltiples grupos de interés” (Ganga, Abello y Quiroz, 2014).
Esta definición profundamente englobadora nos exige sacudirnos de la añeja caricatura de la universidad como una “torre de marfil” insular o un sistema flojamente acoplado. Para transitar hacia esta concepción integral, las instituciones deben abandonar el modelo de regulación puramente jerárquico y rectorialista que ha dominado por décadas. Como bien advertía el filósofo Jürgen Habermas al analizar las patologías de la modernidad, la dominación burocrática ciega y el autoritarismo jerárquico ahogan la deliberación comunicativa. La nueva universidad requiere evolucionar hacia un modelo heterárquico, estructurado mediante organizaciones planas y descentralizadas basadas en el empoderamiento (empowerment), reconociendo que muchas veces existen investigadores(as) y académicos(as) con mayor autoridad moral y competencias organizacionales que los propios directivos.
Asimismo, el exceso de burocracia debe ser permutado por un sistema adhocrático, inyectando ductilidad y celeridad en los procesos decisionales. En el corazón de esta gobernanza, las universidades deben resguardar una apropiada simbiosis entre los valores meritocráticos y los democráticos, garantizando que el poder y la autoridad se basen estrictamente en el conocimiento comprobado (meritum). Esto se conecta directamente con la necesidad de desterrar el liderazgo autoritario para instaurar un liderazgo auténtico y transformacional, donde las autoridades prioricen vínculos horizontales fundamentados en la confianza y el respeto mutuo, tal como reflexionaba Hannah Arendt sobre la responsabilidad en el espacio público.
Finalmente, la gobernanza exige instaurar una perspectiva estratégica largoplacista, abandonando la miopía táctica frente a las presiones coyunturales. Asumir esta visión significa interiorizar el buen gobierno, el financiamiento sostenible para la investigación, la transparencia y el accountability, sin descuidar una mirada profundamente humana; esto implica la instauración de un antropocentrismo directivo, donde exista genuina empatía por cada persona y se practiquen los principios de una sociedad decente.
Al comprender la profundidad conceptual de la gobernanza, dejamos de administrar las universidades como fríos aparatos burocráticos para gobernarlas como los organismos vivos y complejos que realmente son. Y es que, como recordaba la insigne filósofa Simone Weil al reflexionar sobre la exigencia de la verdad y el rigor intelectual en las instituciones del saber, “el pensamiento no se rinde ante la inercia de la jerarquía ni ante la comodidad del equívoco; la verdadera labor directiva e institucional consiste en atender la realidad con absoluta lucidez para que la inteligencia no se convierta en cómplice del desorden”.