Docentes que enseñan, pero también aprenden: la necesaria formación continua

Columnas AEQUALIS #6. Febrero 2026

Karen Núñez,
Directora Magíster en Docencia Universitaria,
Universidad de Las Américas


En los pasillos de las universidades suele escucharse un eco recurrente al final de cada semestre: “estoy agotado”. No es solo el cansancio físico de corregir evaluaciones o preparar clases, sino también la fatiga de sostener un rol que muchas veces se ejerce en soledad. El docente universitario enseña, orienta, acompaña, pero pocas veces se reconoce como aprendiz.

Durante décadas, la docencia universitaria se ha concebido como una extensión del saber experto. Quien domina una disciplina puede enseñarla, se ha dicho, como si el conocimiento bastara para formar. Sin embargo, la enseñanza no es una operación mecánica de transferencia, sino un acto profundamente humano y relacional. Enseñar implica interpretar, traducir, escuchar y, sobre todo, aprender. El filósofo Donald Schön lo planteó hace más de treinta años: el buen profesional no es solo quien aplica técnicas, sino quien reflexiona sobre su práctica, quien aprende en la acción y a partir de ella.

En ese sentido, la formación continua del profesorado universitario no puede reducirse a un conjunto de cursos o certificaciones. No se trata de acumular diplomas, sino de transformar la manera en que se comprende el acto educativo. Cada contexto —presencial, virtual o híbrido— demanda nuevas preguntas sobre cómo se enseña, cómo se evalúa y cómo se retroalimenta. El cambio tecnológico ha acelerado los procesos, pero no ha reemplazado la necesidad de pensar pedagógicamente lo que hacemos.

En los programas de desarrollo docente, como el Magíster en Docencia Universitaria de Universidad de Las Américas se observa un fenómeno revelador: muchos académicos llegan buscando herramientas metodológicas y se van con preguntas más profundas. La formación los enfrenta a sus propias certezas, los obliga a repensar su rol, a reconocer que enseñar no siempre equivale a que otros aprendan. Es en ese momento —cuando el profesor vuelve a sentirse aprendiz— donde ocurre la verdadera transformación educativa.

Esta experiencia confirma que la formación continua no puede ser entendida como un requisito administrativo, sino como una responsabilidad ética. Esto, ya que compromete al docente con la mejora constante de su práctica y con el derecho de los estudiantes a recibir una enseñanza de calidad.

Hoy más que nunca, la universidad necesita docentes que se atrevan a desaprender. Que cuestionen sus hábitos de enseñanza, que integren nuevas tecnologías sin perder el juicio pedagógico, que entiendan que la evaluación es una oportunidad para dialogar sobre el aprendizaje. Como señala el investigador Michael Fullan, el cambio profundo en educación ocurre cuando las personas aprenden algo nuevo sobre sí mismas y sobre su práctica. En otras palabras, cuando enseñar se vuelve también un ejercicio de aprendizaje continuo.

Porque enseñar, al fin y al cabo, también es una forma de seguir aprendiendo.



Foto del avatar
Author: Karen Núñez
Directora Magíster Docencia Universitaria Universidad de las Américas

Deja una respuesta