La innovación que no se patenta
- septiembre 4, 2026
- Posted by: Fundación Aequalis
- Categoría: Columna, FORMACIÓN TÉCNICO PROFESIONAL
Columnas AEQUALIS # 36. Septiembre 2026
Jorge Menéndez,
Rector CFT ENAC,
Director Fundación AEQUALIS
Juan Francisco Moreno,
Consultor Experto en Educación TP y Sostenibilidad en PNUD
Chile carga con una paradoja que, de tan repetida, ya casi no incomoda: lidera los rankings de innovación de América Latina, pero apenas una de cada diez de sus empresas declara innovar. En la Unión Europea esta cifra ronda la mitad. Invertimos en torno al 0,4% del PIB en investigación y desarrollo, lejos del 2,7% promedio de la OCDE, y llevamos veinte años discutiendo cómo cerrar la brecha con la misma receta: más ciencia, más doctores, más patentes. Todo eso hace falta, eso no está en discusión. Pero hay una pregunta anterior que casi nunca se formula: cuando el conocimiento ya existe, ¿quién lo instala?
No quisiéramos entrar en la discusión sobre los múltiples formatos y condiciones de la innovación y su relevancia para el desarrollo económico. Lo que buscamos es mirar el problema desde otro ángulo, con otros lentes, para entender cómo salir de la inercia. Y eso obliga a atender a los modos de innovar quizás menos glamorosos, pero tremendamente necesarios. A grandes rasgos, el modelo que tradicionalmente concentra la atención es el STI (Science, Technology and Innovation): laboratorios, publicaciones, patentes; conocimiento codificado que viaja de la frontera científica a la industria. El otro, que la literatura llama DUI (Doing, Using and Interacting), se construye aprendiendo al hacer, al usar y al interactuar: mejoras de proceso, adopción de tecnologías disponibles, solución de problemas a pie de máquina. No compiten entre sí: las empresas que combinan ambos modos tienen mejores resultados que las que se quedan en uno solo. Chile ha construido con gran esfuerzo un ecosistema más orientado al paradigma STI (universidades, agencias, oficinas de transferencia) y dejó el DUI en tierra de nadie. Tenemos la mitad de un sistema de innovación y le pedimos que rinda por su totalidad.
Esa mitad ausente es la que le habla al 97% del tejido productivo: micro, pequeñas y medianas empresas que no van a licenciar una patente ni a montar un laboratorio, pero que viven o mueren según su capacidad de probar y adoptar exitosamente lo que ya existe. La innovación que le cambia la productividad a un taller metalmecánico de Talcahuano o a un packing frutícola del Maule viene de alguien que sabe que existe un mejor proceso o una mejor tecnología, y trabaja por adaptarla, probarla, calibrarla y, finalmente, capacitar y acompañar al equipo que la operará.
Chile cuenta con un actor cuya naturaleza está llamada a ocupar ese lugar. Los institutos profesionales y centros de formación técnica concentran el 44% de la matrícula de pregrado, con presencia a lo largo de todo Chile. Dada su naturaleza orientada “al hacer”, las IES TP son la bisagra natural entre el conocimiento y su aplicación en el día a día. El problema es que la bisagra se encuentra aún desconectada del sistema, por múltiples motivos.
Para que la educación técnico-profesional pueda posicionarse como un conector entre stock de conocimientos múltiples y su aplicación en la resolución de problemas y desafíos concretos se necesitan incentivos adecuados y consistentes. Hay pasos dados: la Ley 21.091 incorporó en 2018 la innovación y la vinculación con el medio a la misión de estas instituciones, la acreditación institucional la evalúa desde 2022 y programas como IP-CFT 2030 abrieron por primera vez una puerta específica. Pero el punto de partida es muy asimétrico: por cada peso que los fondos públicos de investigación e innovación destinan al subsistema técnico-profesional, las universidades reciben del orden de trescientos. No es que las universidades reciban demasiado, Chile necesita más ciencia y no menos; es que el subsistema todavía no cuenta con instrumentos a la medida de lo que se le pide. No se trata de cambiarlo de la noche a la mañana, sino de fijar un horizonte en el que ese potencial se empuje, se financie y se eche a andar para salir de la inercia, conectar y movilizar capacidades. Los diagnósticos de madurez lo confirman: más de la mitad de las instituciones ya declara un compromiso estratégico con la innovación, pero sus capacidades operativas y sus resultados de transferencia son aún germinales. El mandato, la voluntad y la necesidad están. Ahora bien, faltan los instrumentos que permitan convertir esto en resultados.
Otros países ya recorrieron este camino. En el País Vasco, Tknika, centro de innovación aplicada de la formación profesional, articula en red a 45 centros, libera parcialmente a sus docentes de la carga lectiva y ejecuta cerca de 200 proyectos al año con pymes industriales en fabricación avanzada, digitalización y energía. La empresa incorpora una tecnología que no habría podido probar sola, y lo aprendido vuelve al aula como currículum actualizado. En Canadá, los colleges de la red CiCan han ejecutado más de ocho mil proyectos de innovación aplicada con cerca de nueve mil empresas asociadas, el 80% en menos de doce meses; el resultado típico es un prototipo, un proceso mejorado o un producto nuevo, y la propiedad intelectual queda en la empresa, no en el centro. En simple: La vara con la que se mide a dichas instituciones no es necesariamente la patente: es su aporte concreto al conocimiento que “ponen en circulación”.
Por supuesto, nada de lo anterior busca poner a universidades e instituciones técnico-profesionales a competir; son necesariamente complementarias. Tomemos un ejemplo concreto. Que un pequeño productor de Ñuble riegue con eficiencia depende de conocimiento generado en universidades: modelos de evapotranspiración, sensores de humedad de suelo, algoritmos que deciden cuándo y cuánto regar. Pero ese conocimiento no llega solo a un predio de cinco hectáreas. Alguien tiene que seleccionar la tecnología adecuada para ese suelo y ese cultivo, instalarla, calibrarla en terreno, conectar al productor con los instrumentos de fomento necesarios, capacitarlo y volver cuando el sistema falle. Un actor produce el conocimiento de frontera; el otro facilita su utilización en múltiples escalas.
¿Qué hacer? Tres cosas, y ninguna es un misterio. Primero, sentar al subsistema técnico-profesional a la mesa donde se diseña la política de ciencia, tecnología e innovación de la que ha estado históricamente ausente hasta hace muy poco, y enfocar su participación en el vértice de este ámbito con el fomento productivo: ser el facilitador y acompañar procesos de prueba, aplicación, adopción y transferencia tecnológica ahí donde más se necesite.
Segundo, crear financiamiento plurianual para estos fines en el ecosistema técnico-profesional, orientado a desafíos socio productivos concretos, con nombre y apellido, anclados a una mirada territorial y de sostenibilidad. Pensemos en modelos de financiamiento que promuevan la interacción y sinergia entre IES TP y gobiernos regionales, comités de desarrollo productivo regionales y universidades, etc.
Tercero, asumir la gradualidad y la progresión. El ejercicio progresivo de difundir tecnología y capacitar a las empresas; llevar problemas reales de la industria al aula y devolver soluciones; prestar servicios técnicos especializados, desde ensayos hasta acompañamiento en la adopción; hacer investigación aplicada con prototipos y mejoras de proceso y, en la cima, integrarse en consorcios con universidades, empresas y Estado que combinan los modos DUI y STI es un camino que hay que saber recorrer, poco a poco.
Hoy las IES TP chilenas se encuentran aún en una etapa inicial en este ámbito. Y esto no es un déficit, es más bien un punto de partida natural de un sistema joven. El tránsito a niveles de mayor complejidad exige capacidades que se acumulan, docentes con tiempo protegido, confianza construida con las empresas y financiamiento. En definitiva, discutir sobre innovación es también discutir sobre a quién le llega el desarrollo. Potenciar de manera sostenida la vinculación del ecosistema técnico profesional con pymes de todos los sectores productivos a lo largo del país mediante la innovación, difusión y transferencia tecnológica es, de alguna manera, buscar que los beneficios de la innovación puedan llegar ahí donde hoy aún no llegan.