La formación de capital humano avanzado y el desafío de transformar a Chile en una sociedad del conocimiento

La humanidad transita por una fase histórica que los economistas han denominado la “era del conocimiento”, señalando con este término la importancia que ha adquirido la capacidad de generar conocimientos para la prosperidad de las naciones. Esta relación entre conocimientos y prosperidad nacional ha sido explicada por Etzkowitz y Leydesdorff en la década de los noventa mediante el modelo del triple hélice. Haciendo una analogía con la estructura helicoidal del ADN, compuesto por tres elementos de naturaleza distinta, estos autores consideran el éxito en el desarrollo industrial y económico de un país como la resultante de las interacciones que se establecen entre tres actores: las universidades, generadoras de conocimientos mediante sus actividades de investigación; las industrias, que producen bienes y servicios comerciales; y los Estados, que aportan los contextos regulatorios e incentivos apropiados. A medida que aumentan las interacciones de esta tríada de funcionamiento de calidad, la universidad transfiere a la industria conocimientos e investigación aplicada que le permiten a este sector desarrollar nuevos productos y servicios o mejorar su eficiencia productiva. A su vez, este aporte las hace más competitivas, es decir más lucrativas, lo que -a gran escala- explica la prosperidad de los países donde la triple hélice es una realidad.

Desde una óptica más amplia que el mero dinamismo económico, el término “era del conocimiento” implica la utilización del saber humano, con su acervo científico y humanístico, para abordar los múltiples problemas y desafíos que plantea el desarrollo integral de una nación. Entendiendo por “desarrollo integral” la capacidad de coordinar armónicamente la constelación de elementos culturales, económicos, políticos y sociales que deben converger para la construcción de sociedades prósperas, solidarias y pluralistas. En la práctica, esto se traduce en la adopción de políticas públicas basadas en elementos científicos, culturales, sociales, históricos y económicos antes que ideológicos e intuitivos.

Lo anterior es un ideal que en la realidad de cada país suele ser frustrado por las tensiones y compromisos de la actividad político-partidista pero, a partir de la experiencia de las naciones que lideran la “era del conocimiento”, podemos concluir que para acercarse a ese ideal son indispensables los elementos siguientes: sistemas educativos de calidad y equidad en todos sus niveles, instituciones públicas fuertes, sectores industriales dinámicos y un contexto político de plena democracia y respeto por las libertades individuales. Analizadas estas determinantes en cuanto a sus aspectos esenciales, resulta evidente que, en último término, lo que posibilita que un país pueda transformarse en una sociedad del conocimiento depende de la actividad de las personas y de las culturas que las motivan y orientan. Desde esa perspectiva, destacan como actores claves en la construcción de una sociedad del conocimiento, aquellas personas que constituyen su “capital humano avanzado”, entendiendo por esto a quienes han recibido el beneficio de una educación superior a nivel “cuaternario”. Ese nivel educativo otorga los conocimientos y competencias que posibilitan asumir el desafío de resolver un problema, de cualquier índole, en forma racional, crítica y sistemática e, idealmente, original y eficiente.

En este sentido, la formación de capital humano en las universidades de nuestro país aún es incipiente, ya que según datos oficiales del Sistema de Información de Educación Superior SIES-MINEDUC, solamente un 13% de nuestros académicos de las instituciones de educación superior (centros de formación técnica, institutos profesionales y universidades) poseen el grado de Doctor, que corresponde solo a 11.256 académicos de un total de 86.416 en Chile. Por tanto, podemos colegir que las instituciones en su conjunto aún están en tránsito desde una función docente al desarrollo de funciones de investigación, lo que limita indudablemente la capacidad de articulación con la industria y de esta manera, hacer efectivo su aporte de nuevo conocimiento.

Contar con una mayor capacidad de capital humano avanzado en Chile y fomentar la formación de ese nivel educativo con programas de doctorados de excelencia, generará una virtuosa articulación con la industria, sustentados por núcleos de académicos investigadores. A la luz de las consideraciones anteriores, las políticas orientadas al desarrollo integral de nuestro país, debieran tener como punto focal la formación de capital humano avanzado en todas las áreas del saber. En la Unidad de Investigación y Ciencia de Aequalis, hemos escogido este aspecto como punto de partida para un análisis en profundidad del aporte de la educación superior al desarrollo científico y tecnológico de Chile y el desafío de incorporar a nuestro país como un actor de primera línea en la era del conocimiento.