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La docencia… la olvidada de la reforma

La reforma al sistema de educación superior en Chile ha dominado el espacio público del país en los últimos años. Ahora que la reforma se ha aprobado y comienza su implementación, empieza a disiparse la nube de polvo que permite reflexionar acerca del proceso, sus beneficios y sus fallas.

Una de las principales fallas es que no entra de lleno al tema de la docencia. SI bien se ha hablado mucho acerca de la acreditación, el financiamiento, el acceso y la “gratuidad” —que, como todo economista sabe, no es tal— el tema fundamental queda como eso que los angloparlantes llaman un “after-thought,” algo sobre lo que pensaremos después.

No nos engañemos —lo fundamental de la educación superior es la calidad, y hablar de esto requiere plantearse varias preguntas fundamentales: ¿qué enseñamos? ¿Cómo enseñamos? ¿Por qué enseñamos como enseñamos? ¿Cómo podemos hacerlo mejor?

En otros países, estos temas son la principal preocupación de las autoridades. Como las respuestas son variadísimas, escogeré algunos puntos en particular para comentar.

Desde hace tiempo se sabe que la pedagogía más efectiva es aquella que involucra activamente a los alumnos/as en su aprendizaje. Estudio tras estudio, entre ellos mi propia investigación, encuentran un efecto robusto de que las metodologías activas generan mejor rendimiento y menor reprobación.

Esto ha obligado a muchas instituciones a plantearse el tipo de ambientes de aprendizaje en el que se desarrolla esta nueva pedagogía. Los auditorios tradicionales, marcados por un gran número de alumnos/as distribuidos como en un anfiteatro, están de salida. Las universidades en todas partes de Europa, Norteamérica y Asia están evolucionando al concepto de “espacios de aprendizaje,” con salas móviles, con tecnología de avanzada, en el que el trabajo grupal, la retroalimentación frecuente, y el “hacer visible el pensamiento” se hacen de forma cómoda y flexible.

Basta con hacer una búsqueda de Google con la palabra “active learning classrooms” para ver cómo están cambiando los diseños de salas de clase que se están planteando las instituciones. Y si bien hay resistencia al cambio, las estructuras dentro de las universidades han evolucionado con el fin de acompañar a los profesores en sus procesos de cambio, a tal punto que cuando le planteé a una autoridad de una universidad en Singapur la pregunta de cómo convencer a decanos y profesores acerca de la conveniencia de estos cambios, me miró inquisitivamente y me dijo “¿Convencer? ¿De qué? Esto es lo que funciona. No hay discusión posible.”

De la misma forma, muchas universidades están evolucionando en la forma como enseñan su currículum base. La vieja diatriba acerca de cómo las humanidades pueden dar respuesta a las preguntas de los estudiantes que buscan una formación para el trabajo, y de cómo crear una educación verdaderamente interdisciplinar, está siendo solucionada mediante cursos innovadores que se diseñan en base a grandes preguntas y en base a enfoques multidisciplinares.

Por ejemplo, recientemente Boston College relanzó su currículum general. En él, hay una alta prevalencia de ramos guiados por profesores de diferentes disciplinas. Así, tenemos un ramo de Ciencia y Tecnología en la Sociedad Americana guiada por un historiador y por un biólogo, y un ramo sobre la diáspora africana dictado por académicos de literatura y sociología.

El mundo está avanzando rápidamente hacia formas innovadoras de enseñar. Mientras en Chile nos hemos quedado enfrascados en un debate económico acerca de la educación superior, haríamos bien en relanzar el debate hacia lo que verdaderamente importa: lo pedagógico.

Sólo así podremos hacerle frente al enorme reto que tenemos de construir la universidad del siglo XXI. Ya ha pasado un quinto del siglo y estamos atrasados. Hay que poner manos a la obra.